diumenge 10 de gener de 2010

LA REVOLUCIÓN DE 1848 EN ITALIA: LA ESPERANZA DEFRAUDADA


Mapa de Italia y su proceso de reunificación

Uno de los nombres románticos que se le dió a la revolución de 1848 fue el de "la primavera de los pueblos", y esta "tumultuosa primavera" presentó, en Italia, una fisonomía peculiar. En primer lugar, a causa de la duración de los acontecimientos que estallaron en el verano de 1846 y no se extinguirían (último foco de toda Europa) hasta finales de agosto de 1849. Además, porque se mezclaban diveros hechos: reivindicaciones políticas propiamente italianas, a través de las cuales la burguesía liberal trataba de derribar a los regímenes absolutistas en beneficio propio; interferencia de la revolución francesa y, sobre todo, de la austríaca; agitaciones sociales surgidas en un ambiente de profunda depresión económica; y, por último, dos guerras de independencia contra Austria, que provocaron una crisis internacional.
Bajo la presión de los liberales, una oleada de reformismo institucional y jurídico atravesó la península italiana de julio de 1846 a octubre de 1847. Pio IX (el Papa de Roma) concedió una amnistía, libertad de prensa y una asamblea representativa (la Consulta), Leopoldo II en Florencia y Carlos Alberti I en Turín moderaron el absolutismo.
Se instauraron gobiernos insurreccionales en Parma, Módena y en Reggio Emilia, y Venecia se sublevó bajo la dirección de Daniele Manin. En Milán, después de la revuelta de las "cinque giornate", del 18 al 23 de marzo, las fuerzas austríacas de Radetzky hubieron de evacuar la capital lombarda. El 8 de febrero, la burguesia y la aristocracia liberales de Turín consiguieron de Carlos Alberto una constitución parlamentaria (llamada "el estatuto fundamental") el 4 de marzo, así como la adopción de la bandera tricolor italiana: verde, blanca y roja. Otros regímenes, inspirados en la Carta francesa de 1830, se intalaron en Florencia el 7 de febrero, en Náples el 5 de marzo y en Roma el 14 de marzo.



El Mariscal austríaco Joseph Radetzky


En medio de esta efervescencia se desarrolló la primera guera de independencia. Carlos Alberto se puso a la cabeza de la "riscosa" (redención) patriótica, rehusando la ayuda de la II República francesa y reservando exclusivamente a los italianos la tarea de la redención nacional: "L´Italia fará da sé" ("Italia lo hará por sí misma"). La campaña tuvo unos comienzos confusos. El rey de Cerdeña, soberano romántico y vacilante, perseguía a la vez el cumplimiento de lo que creía sus destino personal y la política tradicional de su dinastía de expansión territorial a expensas de Austria. Era al mismo tiempo jefe y rehén de la cruzada que encabezaba, que movilizaba a contingentes de todos los estados de la Península, dentro de la Liga nacional italiana. La ofensiva empezó el 29 de marzo y obtuvo diversos triunfos hasta principios de julio, a causa del debilitamiento de las fuerzas austríacas, ocupadas en la represión en Viena. Una serie de victorias (las de Goito, Valeggio, Monzambano y Pastrengo) condujeron a los italianos a la frontera de Venecia. Pero la coalición se resquebrajó rápidamente. Pio IX, aterrado por el movimiento revolucionario y antiaustríaco, evolucionó hacia una actitud conservadora y reaccionaria, que ya no abandonaría, y se declaró fuera del conflicto en virtud de su misión de pastor de la Iglesia universal. En Nápoles, Fernando II restó efectividad a la constitución y retiró sus tropas de Lombardía para aplastar duramente la rebelión de Sicilia. La Alemania liberal se mantenía indiferente a la independencia italiana, y en Paría, Lamartine se abstenía de cualquier intervención.
En abril, la misión inglesa que pretendía favorecer un reino de la Alta Italia separado de Austria, fracasó. Mientras llegaban refuerzos liberados por el reflujo de las revoluciones austríacas. Carlos Alberto logró sus últimas victorias, a finales de mayo, en Curtatone, Montanara y Goito.


Alphonse de Lamartine, ministro de Asuntos Exteriores de Francia


Pese a la oposición de federalista y republicanos, el reino Cerdeña-Piamonte se anexionó, por medio de un plebiscito, Lombardía y los ducados (29 de mayo) y Venecia (4 de junio y 3 de julio). Pero el general austríaco Radetzky reconquistó Venecia y derrotó a Carlos Alberto en Custozza (23 a 27 de julio). Los italianos retrocedieron hasta Milán, cuya población acusó al rey de Cerdeña de traición. El 9 de agosto el general Salasco firmó la paz con Austria.
Todavía se prolongaría un año más el movimiento nacional italiano, pero en medio de una creciente confusión. A partir del verano de 1848, la reacción recuperó el control de la situación en toda Europa, mientras que la península italiana, cuya economía y finanzas públicas atravesaban una crisis catastrófica, vivió, a contracorriente de los demás países, unas experiencias de democracia avanzada. Surgieron violentos movimientos debidos al descontento de las clases pobres, concienciadas por la propaganda socialista.
En Roma, Pio IX confió el poder al economista liberal Pellegrino Rossi, que fue asesinado el 15 de noviembre de 1848. A continuación nombró a un gabinete de izquierdas, pero acabó huyendo clandestinamente a Gaeta el 24 de noviembre para ponerse bajo la protección del rey de las Dos Sicilias. Se formó entonces un gobierno provisional, que convocó una asamblea constituyente: ésta proclamó la República romana el 5 de febrero de 1849.
En Florencia los demócratas tomaron el poder el 27 de octubre y reclamaron la unión a la asamblea constituyente romana. El gran duque abandonó Toscana el 27 de febrero de 1849, y el triunvirato formado por Montenelli, Guerrazzi y Mazzoni proclamó la República.
Entre tano, en el reino de Cerdeña-Piamonte se llevaba a cab o el aprendizaje de la monarquía parlamentaria en medio de violentas polémicas sobe la conducción de la guerrra y de exacerbados enfrentamientos políticos. Tres gobiernos se sucedieron entre mayo y diciembre de 1848. Saboya reclamó su anexión a Francia, y la antigua república de Génova, incorporada en 1815, se sublevó.
El 16 de diciembre, Carlos Alberto I llamó a Gioberti y a la izquierda; pero las elecciones del 22 de enero de 149, que acentuaron la preponderancia de los demócratas avanzados, desbordaron al gobierno. El 21 de febrero Gioberti dimitió y se retiró a París.



Batalla de Novara, donde las fuerzas austríacas derrotaron a las piamontesas

La extrema izquierda, arrastrada por Urbano Rattazzi, impulsaba la reanudación de la guerra. El rey, investido de plenos poderes, denunció el armistició el 14 de marzo. El ejército sardo, desmoralizado y desorganizado, fue aplastado por los austríacos el día 23, en Novara, alcabo de sólo seis días de campaña. Carlos Alberto abdicó esa misma noche, en el campo de batalla, a favor de su hijo Victor Manuel II y se retiró a Portugal, donde murió en Oporto el 28 de julio. El armisticio impuso al Piamonte una indemnización de setenta y cinco millones, saldada con la ocupación de la plaza ferte de Alessandria.
Acto seguido, la reacción se desencadenó en toda Italia. En Florencia el gran duque rehusó la colaboración con los moderados recurrió a los austríacos, quienes lo restablecieron en su trono el 25 de mayo. Durante la primera quincena de mayo fue aplastada la insurrección de Sicilia. En Roma el triunvirato Mazzini-Armellini-Saffi decidió acudir en defensa de los liberales de toda la Península, y Giuseppe Garibaldi organizó la defensa militar de la República, peo Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la República francesa, envió un cuerpo expedicionario de treinta mil hombres para congraciarse con los católicos. Al cabo de un mes de asedio (del 4 de junio al 4 de julio) la Ciudad Eterna cayó y los patriotas se dispersaron. En Venecia, Manin se hizo fuerte y no capituló hsta el 26 de agosto.
Los franceses dejaron una guarnición en Roma, donde Pio IX no volvió a entrar hasta el 12 de abril de 1850. Los austríacos ocuparon de nuevo las legaciones pontificias y los ducados (Parma, Módena y Toscana). En todas partes, menos en Turín, se restauró la monarquía absoluta y los soberanos ejercieron una rigurosa represión, que provocó la partida de numerosos proscritos. Sólo Cerdeña-Piamonte conservó su constitución, y se constituyó en esperanza de los patriotas italianos.


Escudo del reino de Cerdeña-Piamonte

diumenge 20 de desembre de 2009

LAS REVOLUCIONES EUROPEAS DE 1848

Europa en la época revolucionaria de 1848


En una época que fue, de por sí, revolucionaria, 1848 fue un año especialmente significativo. Francia, Italia y Europa Central fueron sacudidas por la insurrección. Pero, contrariamente a lo que entonces se pensó, ésta no obedeció a un plan general, y la falta de coordinación resultó fatal para los revolucionrios.
En toda Europa Occidental los levantamientos de debieron a causas similares. La Revolución industrial había dislocado las formas tradicionales de vida y provocado la aparición del proletario urbano y el ascenso de la burguesía liberal, deseosa de conseguir el poder político. Además de la inestabilidad social y económica, la existencia de gobiernos autocráticos, legado de los acuerdos del Congreso de Viena, agravó la situación y avivó la lucha de los intelectuales por la reforma política. El hambre empezó a hacer estragos después de las malas cosechas de cereales de 1845, 1846 y 1847, y de una plaga de pulgón que devastó las plantaciones de patatas. Una muchedumbre desesperada se lanzó a las calles dispuesta a cualquier cambio que ofreciera esperanzas.
Los centros de las revueltas fueron las grandes ciudades. La Revolución industrial habia empujado a miles de personas a las ciudades, donde les esperaba una vida de miseria y degradación. La segunda crisis de 1848, con el hundimiento de los créditos internacionales, que llevaron a la ruina y al desempleo general, agravó aún más la situación. Por último, una epidemia de cólera sembró el pánico y la ira, y sirvió de catalizador psicológico de la agitación revolucionaria.

Luis Felipe, rey de los franceses


Las primeras revueltas estallaron en Italia. En Francia, el rey Luis Felipe se vio obligado a abdicar en febrero y se proclamó la República. En marzo, la caída del apóstol del orden europeo, el príncipe Metternich, canciller del Imperio de los Habsburgo, elevó la moral de los revolucionarios. Tomados por sorpresa y desbordados por los disturbios, los gobiernos no supieron reaccionar. Su única esperaza era hacer concesiones. Se aprobaron Constituciones liberales y el emperador de los Habsburgo, el Papa y los reyes de Francia y Prusia abandonaron sus capitales.
Simultáneamente, se produjo un resurgimiento del nacionalismo. El Imperio de los Habsburgo, con sus esferas de influencia en Italia y Alemania, parecia condenado. Hungría proclamó su independencia. Los bohemos organizaron un movimiento nacionalista y convocaron un Congreso cuyo objetivo era estudiar un nuevo estatuto para los eslavos dentro del Imperio. En Italia, Giuseppe Mazzini incitó al levantamiento para formar un Estado italiano. Al mismo tiempo, el rey Carlos Alberto de Piamonte envió un ejército a los lombardos para ayudarles a expulsar a los austríacos. Con ello esperaba formar un reino en el norte de Italia. En marzo se habían levanado barricadas en Berlín y en mayo un Parlamento convocado en Frankfurt intentó encontrar la manera de unificar Alemania. Estos movimientos mostraban hasta qué punto se sentia hostilidad por los acuerdos del Congreso de Viena y su ideologia represiva.


Pio IX, Sumo Pontifice


Pese a todo, hacia mediados de 1848 la marea revolucionaria se detuvo. Los primeros éxitos habian sido ilusorios. El Imperio de los Habsburgo siguió su política histórica -divide y gobierna-, aprovechándose de las disensiones entre los revolucionarios. Croatas y rumanos, reacios a la dominación magiar, se levantaron contra el nuevo lider húngaro, Luis Kossuth. En Italia las fuerzas de Carlos Alberto fueron aplastadas por los austríacos en dos campañas. Los católicos dudaron en desobedecer al Papa, que había prohibido toda violencia contra los católicos Habsburgo.
En Alemania, los intelectuales reunidos en la Asamblea Nacional Constituyente de Frankfurt se perdieron en largas discusiones y el movimiento democrático sólo obtuvo prudentes concesiones constitucionales. Donde las reivindicaciones fueron más enérgicas, el ejército prusiano se encargó de restablecer el orden. Las clases medias, cuyo papel había sido decisivo para la revolución, estaban horrorizadas por las fuerzas que había desatado, y al ver cómo la revolución degeneraba en anarquía, recibieron con los brazos abiertos el establecimiento de la ley y el orden. En 1849 el movimiento revolucinario había sido contenido.
Las fuerzas de la reacción parecian haber triunfado. Las masas desorganizadas no tenían nada que hacer frente a los ejércitos profesionales de Austria, Prusia, Rusia y Francia. La tradición de los Habsburgo de acuartelar el ejército en cada provincia con tropas de otras provincias, impidió que los soldados tomaran partido por los revolucionarios. Había pocas esperanzas porque la mayoría de la población (los campesinos) rechazaban la revolución.


Francisco I, emperador de Austria

No obstante, se produjeron algunas mejoras significativas. Se abolió la servidumbre en el Imperio de los Habsburgo, y Piamonte y Prusia mantuvieron sus Constituciones y consiguieron la unificación de Alemania y la de Italia en 1871. Los gobiernos otorgaron mayor importancia al proceso democrático.
Pero los nacionalistas habian aprendido que el idealismo y el entusiasmo populares no eran suficientes. Sus esperanzas sólo podrían verse satisfechas igualando la fuerza militar de sus oponentes. Las revoluciones de 1848 fueron seguidas por un período de cinismo y oportunismo en política y por la utilización sistemática de fuerzas armadas para silenciar las reivindicaciones obreras. La era de "sangre y hierro" de Bismarck había comenzado.


dilluns 30 de novembre de 2009

LA FÁBRICA DE PORCELANA DE VIENA

Sopera de Meissen, con clara influencia de Viena

Todas las grandes naciones, en un momento o en otro, quisieron tener una fábrica propia de porcelana que reflejara el esplendor de sus reinos e imperios. Ostenta el honor de ser la primera fábrica de porcelana de Europa la de Meissen, en el Electorado de Sajonia (1706).
Austria no sería una excepción, y la Fábrica de Porcelana de Viena fue la segunda, después de la de Meissen, que consiguió hacer porcelana de pasta dura en Europa. Fue fundada en 1718 por Claude de Paquier, un funcionario del gobierno austriaco, aunque de origen holandés, contando con varios colaboradores procedentes de Meissen.
Los principios de la fábrica no fueron buenos y sus resultados económicos nefastos. Pero a pesar de estos inconvenientes Du Paquier siguió con la fábrica, en 1727 consiguió un préstamo del ayuntamiento de Viena que salvó a la empresa de la bancarrota y le permitió seguir en funcionamiento.
Las primeras piezas que salieron de esta fábrica estaban, en cuanto a la forma, claramente inspiradas en Meissen, si bien se les añadía un mayor relieve y la decoración de chinerías se distribuía de una forma más abigarrada. En esa decoración solían aparecer animales pintados en negro y oro, utilizándose este material como un color más.
Pronto, sin embargo, la producción de Viena comenzó a presentar características propias, destacando la originalidad de la decoración conocida como "flores de India", que consistía en unos motivos florales trazados de forma muy naturalista. Ahora sería Meissen la que imitase a Viena copiando este tipo de decoración. También fue un logro de Viena la decoración conocida como "Lau-und-Bandelwerk", consistente en unos motivos barrocos en oro y plata tomados de las decoraciones arquitectónicas de los palacios vieneses.
De todas formas, la fábrica se iba manteniendo gracias a la exportación (sobre todo a Rusia) de grandes servicios de mesa. No obstante los beneficios eran pocos y Du Paquier, en 1744, decidió venderla al estado austriaco, aunque él siguió de director hasta su fallecimiento en 1751. Así, a partir de ahora, las piezas que salían de la fábrica llevarían el escudo de Austria.
También a partir de 1749 la pasta se hace más blanca y de mejor calidad al utilizar una arcilla húngara en vez del clásico caolín de Passau.
La crisis en la fábrica continuaba y por ello se intentó, sin éxito, volver a privatizarla. Por ello, en 1778 Austria nombró director de la misma a Konrad von Sorgenthal, un hombre de negocios sin ninguna noción del arte de la porcelana, pero que logró transformar la vieja fábrica en un próspero negocio.
Durante el período de Soregenthal (178-1804), Viena, adelantándose a la famosa Sèvres francesa, abandonó el estilo rococó por el neoclasicismo, de formas mucho más sencillas. También el químico Joseph Leithener logró crear en 1791 un azul cobalto muy oscuro que, a diferencia del de Sèvres, no hacía aguas. Inventó, igualmente, un tono amarillo anaranjado y el procedimiento para laminar en oro las piezas. Así, pues, la gran diferencia de Viena con otras fábricas europeas fue que los colores eran muy fuertes en comparación con las tonalidades pálidas que se empleaban en el resto de Europa.

Jarrón de flores de cerámica de Meissen

En 1804 se nombra director de la fábrica a Mathias Nierdermayer, el cual introdujo algunas innovaciones, como la decoración de piezas en sepia o la utilización de fondos marrones rojizos. Viena también fue, en esa época, la primera fábrica europea que realizó piezas enteras doradas.
En este momento la decoración recibía la influencia del reino de Nápoles, desarrollando un estilo topográfico que, a diferencia del napolitano, se hacía aquí con fondos amarillos.
Pero a pesar de todas estas innovaciones y novedades, tras Sorgenthal, la Fábrica de Porcelana de Viena había vuelto a entrar en pérdidas. A partir de 1827 la situación económica se hizo insostenible y, aunque para intentar salvarla se volvieron a repetir los modelos de más éxito, al tiempo que en otras piezas se copiaba claramente a Sèvres, en 1864 la factoría tuvo que cerrar definitivamente sus puertas.
El excedente de piezas sin decorar fue liquidado y pintado en talleres caseros, conocidos como "hausmaler".

Entrada al recinto de Palacios Imperiales del Hofburg, en Viena, en cuya decoración se inspiró parte de la cerámica vienesa.


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diumenge 1 de novembre de 2009

LOS ANTECEDENTES DE LA UNIFICACIÓN ITALIANA

De los grandes países europeos, Italia fue, junto con Alemania, el último que llevó a cabo su unificación política, entre 1859 y 1870. El movimiento que sirvió a estos fines fue denominado "Risorgimento", por analogía con el Renacimiento artístico y cultural del siglo XVI.
A partir de la Alta Edad Media, Italia padeció una serie de dominaciones extranjeras; estuvo bajo la hegemonía del Imperio germánico, de Francia, de la corona catalano-aragonesa, de la monarquía hispana y de Austria.
La Revolución francesa y, más tarde, la incorporación de la península italiana a la Francia jacobina y napoleónica (1799-1815), prepararon el terreno para la unificación. La situación dio a Italia un nuevo orden social y jurídico, derivado de los principios de 1789, que favoreció el control de los asuntos públicos y de la actividad económica por parte de la burguesia liberal, imbuida de la mentalidad de la ilustración. Las masas campesinas siguieron careciendo de conciencia política durante mucho tiempo, pero los habitantes de las ciudades y los viejos militares que habían vivido la epopeya imperial empezaron a aspirar a una comunidad nacional basada en el modelo galo.
El derrumbamiento de la Europa napoleónica pareció poner fin a esa primera experiencia, y, en 1815 (a consecuencia del Congreso de Viena), los antiguos soberanos volvieron a ocupar sus tronos. Triunfaba la reacción y, como afirmaba el principe Metternich (canciller de Austria), la palabra "Italia" no era más que una simple "expresión geográfica", desprovista de cualquier connotación nacional.


Entrada de las tropas francesas en Nápoles el 21 de enero de 1799

Tras la fachada retrógada de la Restauración actuaban diversas fuerzas renovadoras. El mapa político de la península italiana permaneció invariable de 1815 a 1859. Comprendía varios estados independientes, pero muy alineados en el "Sistema Metternich": los Estados Pontificios y los reinos de Cerdeña-Piamonte y Dos Sicilias (Napoles), y más tarde los estados austríacos, posesiones directas de los Habsburgo, como el Reino Lombardo-Véneto o las monarquías satélites del gran ducado de Toscana y los ducados de Parma y Módena.
La primera generación de "patriotas" se reunían en sociedades secretas cuyo ritual y cuyos ideales derivaban de la francmasonería: los guelfi, los federati, los adelfi y, sobre todo, los carbonari, cuyos miembros se agrupaban en secciones llamadas "ventas".
En un clima de exaltación romántica, los adeptos de las sectas soñaban con derrotar al absolutismo encarnado por Austria y crear un estado nacional y democrático, heredero de la Revolución francesa.


María Luisa de Austria, duquesa de Parma

Los nacionalista italianos no poseían una organización coordinada y eficaz. Estrechamente vigilados por la policía, se veían condenados a actuar a través de conspiraciones y sediciones militares que pronto eran sofocadas y encontraban poco eco en el pueblo. Las primeras insurrecciones estallaron en 1817 y 1818 en los Estados Pontificios; la revolución española desencadenó el movimiento de los "ventuno" y así, en Nápoles, el general Guglielmo Pepe obligó al soberano a adoptar la constitución española, pero Fernando I pidió ayuda a Austria y ésta aplastó, en marzo, a los insurrectos, tras el congreso de Laybach. La agitación se extendió al Piamonte, con el acuerdo del heredero al trono, Carlos Alberto de Saboya-Carignano, Victor Manuel I abdicó, pero Carlos Alberto I abandonó la causa liberal y se exilió en Toscana; mientras, el nuevo rey, Carlos Félix I, restauraba el absolutismo con la ayuda de Metternich.
El reino Lombado-Véneto y los ducados eran desde antiguo tierra propicia a las conspiraciones. Maroncelli, Confalonieri, Adryane, Arese y Silvio Pellico, entre otros, fueron encarcelados en las fortalezas austríacas; el libro de Pellico "Le mie prigioni" de 1832, que refería la cautividad del autor en Spielberg, sensibilizó a la Europa liberal en favor de la causa del Risorgimento.


Situación del reino Lombardo-Véneto en la peninsula italiana

La revolución francesa de julio de 1830 suscitó en febrero de 1831 una nueva llamarada de revueltas en la Romaña pontificia y en los ducados de Parma y Módena. Pero la Francia de Luis Felipe, cuyo apoyo esperaban los patriotas, proclamó la no intervención. Los movimientos fueron yugulados por los austríacos que ocuparon Bolonia, mientras los franceses establecieron una guarnición en Ancona para proteger los Estados Pontificios.
A las revoluciones de 1821 y 131 siguieron los éxodos de patriotas proscritos, que partieron rumbo a Francia, Suiza, Bélgica o Gran Bretaña y se persuadieron así de que la regeneración de Italia no podría lograrse a base de conspiraciones aisladas, sino por la adhesión general de todos los estamentos sociales en torno a un proyecto común.

dimecres 9 de setembre de 2009

RUSIA, EL IMPERIO DE LOS ZARES

El inmenso imperio que habían forjado los zares se extendía a lo largo de miles de kilómetros, desde el centro de Europa hasta el océano Pacífico. Su parte "asiática", Siberia, era casi un desierto despoblado, alejado de las grandes vías de circulación mundiales. La parte restante, es decir, Rusia, sin duda era europea, pero vivía al margen de Europas. Y este imperio tuvo una historia muy particular.
En el momento en que los grandes estados europeos entraron en la vía del capitalismo, caracterizado por un rápido desarrollo industrial, y sus pueblos, liberados de las ataduras feudales, accedieron a la vida política, Rusia seguía siendo un estado absolutista. A comienzos del siglo XIX, en el imperio ruso la voluntad del zar era ley, el pueblo vivía aún en la servidumbre y el lento desarrollo económico, fundado en la actividad agrícola y artesanal salvo la metarlúrgia en los Urales, sólo dejaba aparecer las formas más elementales de un tímido precapitalismo.

Esc udo menor de la Rusia zarista

Pero este retraso en el desarrollo, en comparación con los demás grandes estados europeos, no implicaba debilidad política. El poder zarista se hallabga sólidamente sentado sobre la aristocracia y un poderoso ejército, que desde varios puntos de vista (el reclutameinto, la táctica, etc) estaba más avanzado que los ejércitos de Occidente, en cuyo modelo se habia inspirado originariamente el zar Pedro el Grande. Las tropas rusas había participado en las guerras europeas: habían ocupado Berlín duante la guerra de los Siete Años (1760), habían luchado en Suiza y Lombardía durante las guerras de la Revolución (1799), habían expulsado a las tropas napoleónicas de Moscú en llamas (1812) y habían acampado en París (1814). Gracias a su flota de guerra, Rusia se había convertido también en una potencia marítima capaz de participar victoriosamente en opraciones navales en el Mediterráneo (1799) y de intervenir en el Pacífico (1803-1806). La guerra de liberación de 1812 (contra Napoleón I) y las consecuencias de la victoria confirmaron el poderío ruso y convirtieron al zar, dentro de la Santa Alianza (de la que ya hemos hablado en otras ocasiones), en una especie de árbitro de Europa. La mentalidad política del poder y, en cierto modo, la del pueblo estuvieron marcadas por estas circunstancias durante la primera mitad del siglo XIX, al alimentar el orgullo nacional y un cierto sentimiento de superioridad eslava sobre un Occidente en decadencia.

Máxima extensión territorial del imperio ruso

Estas hazañas militares estaban ligadas a las conquistas de finales del siglo XVIII: por una parte, el afianzamiento del poderío ruso en las orillas del Mar Negro (tratado de Kutchuk-Kainardja, de 1774), que condicionaría de cara al futuro la expansión del Imperio en dirección al Mediterráneo y, sobre todo, al rápido desarrollo de la Rusia meridional; por otra, la ocupación de una gran parte de Polonia (repartos de 1793 y 1795), sometida contra su voluntad al destino del Imperio ruso. Los polacos se subevaron dos veces contra sus opresores rusos (1830-1831 y en 1836); por contra, mediante la colaboración forzosa de una parte de la élite del país contribuyeron notablemente al desarrollo económico de Siberia a partir de 1863.
Las guerras napoleónicas reforzaron la autoridad de la aristocracia militar frente al poder. Aunque una parte minoritaria de la nobleza había recibido el influjo de la ilustración y los principios de las revoluciones francesa y americana, la aristocracia en general había sufrido el autoritarimso de Pedro I. Su sucesor, Alejandro I (1801-1825), contrariado en sus ambiciones por el tratado de Tilsitt (1807) y enfrentado a una sorda oposición a su política de alianza con Francia, trató de recuperar el favor de la opinión mediante algunas medidas de perfeccionamiento de las instituciones administrativas: plan de reforma del estado elaborado por un funcionario del ministerio del interior, Speranski, en 1808-1809. eran veleidades de liberalismo, conformes sn duda con los sueños de un soberano de personalidad contradictoria, pero no tuvieron continuidad. Los acontecimientos de 1811-1812, la "guerra patriótica" contra los franceses, darían otra orientación a la política imperial.

Alejandro I, zar de Rusia

La victoria de Alejandro sobre Napoleón, al consolidar el poder zarista, inauguró un largo período de inmovilismo, al menos aparente. A Rusia se le planteaban problemas derivados de su retraso, principalmente en las relaciones entre el soberano y el pueblo, y más concretamente entre el estado y una sociedad dividida en órdenes; la servidumbre era cada vez más discutida, pero más desde el punto de vista de su eficacia económica que desde un enfoque moral. todo ello requeria una solución y genral, solución admitida medio siglo más tarde, en 1861, cuando el poder se vio debilitado por las derrotas de la guerra de Crimea y obligado a hacer concesiones.
A partir de 1812, el reinado de Alejandro I se caracterizó por los disturbios campesinos, cuyo aumento despertaba el recuerdo del levantamiento de Pugacëv (1774), que había hecho tambalear el trono de Catalina II la grande; no obstante, carecia de fuerza frente a un régimen inflexible, dirigido férreamente por Arakceev. En cuanto a las conspiraciones fomentadas por una minoría de nobles agrupados en dos asociaciones clandestinas, la Sociedad del Norte y la Sociedad de Sur, los objetivos de oposición al poder dividían a los conjurados, puesto que unos reivindicaban la emancipación social y la supresión de la servidumbre, hy los otros, simplemente la libertad política, garantizada por una constitución. La inesperada muerte de Alejandro desencadenó el levantamiento militar llamado de los decembristaqs o decabristas (1825), sin base popular, que fue duramente reprimido por el sucesor de Alejandro I, Nicolás I.


Cuadro que escenifica la retirada de Moscú por Napoleón I

diumenge 30 d’agost de 2009

EL FIN DE UNA ÉPOCA



El veterano de la I Guerra Mundial Henry Allingham

Durante el pasado mes de julio, tal y como publicó La Vanguardia, la noticia de la muerte de dos antiguos combatientes de la I Guerra Mundial, ambos británicos, vuelven a cerrar una parte de la historia del siglo XX, ya que quedan supervivientes de esa contienda.
A petición de Xavier P.E., quiero dejar constancia en este blog de este acontecimiento y acercarnos un poco a la vida de estas dos personas (la noticia completa aparece publicada en La Vanguardia del 19 y del 26 de julio).
Henry Allingham (1896-2009), falleció el 18 de julio de 2009, además de ser un antiguo combatiente británico en la I Gran Guerra ostentó el titulo del hombre más viejo del mundo a sus 113 años. Nació el 6 de junio de 1896, a finales del siglo XIX y con tan sólo 15 años (algo habitual en esa época entre las clases no privilegiadas), empezó a trabajar en una fábrica de Londres. Con el estallido de la Guerra Mundial, se dedicó a la reparación de camiones militares. Poco tiempo después, y tras morir su madre se alistó en el ejército con 19 años, quedando fascinado, desde el primer momento, por el mundo (relativamente nuevo) de los aviones. Pronto entró al servicio de la Royal Air Force (la RAF). Hay que tener en cuenta que ser piloto de avión en esos primeros tiempos de la aviación era una tarea de alto riesgo, ya que los aparatos eran muy rudimentarios y con muy escaso margen de maniobra.
Durante la II Guerra Mundial participó en varios proyectos en la defensa de Gran Bretaña, aunque no en el frente por su edad, siendo los más importantes los de neutralización de las minas alemanas.
Finalizada la guerra y sobre todo en los últimos años de su larga vida, se dedicó a concienciar a los más jóvenes sobre el significado de la guerra y a mostrar respeto por los soldados, y a recordar al mundo entero los millones de ellos que murieron durante la contienda.
Significativa fue una de las frases de Allingham pronunciadas pocos días antes de su fallecimiento: "Es el fin de una era, de una generación especial y única...", ya que veía como iban muriendo todos los veteranos de guerra de los distintos países: franceses, norteamericanos, austro-húngaros....



Harry Pach, soldado raso británico


Pocos días después del fallecimiento de Allingham, aparecía la noticia de la muerte de otro veterano de la I Guerra Mundial, la de Harry Pach ( 1898-2009), también británico. Fallecia a los 111 años de edad el 25 de julio de 2009. Pach nació el 17 de junio de 1898 y, al igual que Allingham, también dejo la escuela a los 15 años y empezó a trabajar como aprendiz de fontanero. A los 18 años fue llamado a filas e ingresó en la Infantería Ligera del Duque de Cornualles, marchando al campo de batalle en mayo de 1917. Combatió en la batalla de Passchen Daele, en Ypres (Bégica), donde hubo un gran número de bajas entre las fuerzas británicas. El 22 de septiembre de 1917 fue herido por un proyectil alemán y aquí acabó su aventura bélica, ya que no llego a incorporarse de nuevo al ejército, pasando el resto de la guerra en un hospital de la isla de Whigh (en 1918 finalizaba la I Guerra Mundial con la derrota de los imperios centrales). No llegó a participar en la II Guerra Mundial debido a su edad, aunque si fue voluntario civil, ayudando a sofocar los incendios que los bombardeos alemanes causaban en Londres.
Ambos soldados recibieron honores en sus funerales e incluso, en el entierro de Pach, acudió la reina Isabel II.

dijous 9 de juliol de 2009

ALEMANIA Y KAKANIA TRAS EL CONGRESO DE VIENA DE 1814-1815


Escudo del Imperio Austro-Húngaro


Una de las consecuencias directas de las decisiones del citado congreso y que seria decisivo para una futura Alemania fue el hecho de que Prusia perdiera sus anteriores posesiones polacas y ganase unos territorios que actualmente son la Renania del Norte y Westfalia. De este modo Prusia se germanizó y se abrió a Occidente, más tarde lograría lo que en un futuro sería el área industrial alemana y logro conectar Alemania occidental y Alemania oriental.
También, tal y como se ha dicho en otros posts, la Confederación Alemana fue la sucesora del Sacro Imperio Romano-Germánico y fue fundada en la ciudad alemana de Francfort, ya que era en esta ciudad donde se elegían a los monarcas alemanes en la antigüedad. Esta Confederación estaba formada por treinta y nueve estados independientes, algunos de los cuales, como Baviera, Baden y Württemberg, se correspondían ya prácticamente con los estados federales de la actualidad, aunque la Baja Sajonia actual se llamaba Principado de Hannover, la Renania del Norte/Westfalia era prusiana y Essen estaba dividido en el Principado de Essen y el Gran Ducado de Essen. También estaban en dicha Confederación el Principado de Waldeck y el Ducado de Brunswick, ambos estados independientes. Los territorios austriacos, incluida la actual República Checa (Bohemia), también pertenecían a la Confederación Alemana. Pero tanto Prusia como Austria poseían inmensos territorios situados fuera de la Confederación Germánica. Prusia tenía en su poder Prusia occidental y Prusia oriental, así como la provincia polaca de Posen. Austria, por su parte, no hacía honor a su nombre ("Österreich": Imperio Oriental), pues al inicio de la época del nacionalismo y la democracia, era propiamente un ente imposible: se la llamaba indistintamente Austria-Hungría, La Monarquía de los Habsburgo, la Doble monarquía, la Monarquía del Danubio, o, como la llama Musil en su novela "El hombre sin cualidades", KAKANIA (de "K y K": Kaiserlich-Königlich, o lo que es lo mismo: imperial-real). Además de los territorios alemanes y bohemios/Checos, Austria poseía lo que hoy en día es Hungría, Eslovaquia, el sur de Polonia, Eslovenia, Croacia, el noroeste de Rumania (Transilvania), Bukovina, el sur de Tirol y luego también Bosnia.
Austria dio la independencia a Bélgica, la cual se uniría a Holanda (con el fin de crear un estado más fuerte ante una eventual agresión francesa), aunque ambas naciones finalmente se enemistarían entre ellas y Bélgica volvería a independizarse en 1830. Las otras potencias europeas garantizaron la neutralidad belga, aunque sería violada por el imperio alemán en la I Guerra Mundial.


Bandera de Austria-Hungría

No hay que olvidar que para Austria-Hungría los movimientos nacionalistas, incluidos los de los estados alemanes, eran puro veneno porque amenazaban su propia existencia. Por ese motivo hasta el año 1848, año en que se produjeron las revoluciones del 48, el astuto Canciller austríaco Metternich se dedicó de lleno a ahogar todos los movimientos nacionalistas y democráticos que se produjeron en el seno de la Confederación Germánica. Debemos recordar, por los anteriores posts, que Alemania sólo podía alcanzar su unidad nacional incorporando a Austria o echándola. Conviene recordar que a estas dos soluciones se las llamó, respectivamente, "gran Alemania", a la posición de Austria de crear un gran estado alemán que incluyera a todos los estados alemanes y a Austria y a su imperio, y "pequeña Alemania", tesis defendida por Prusia que excluía a Austria de Alemania.

La Santa Alianza (creada por las potencias vencedoras tras derrotar al emperador Napoleón I), y con especial hincapié Austria, seguía obstaculizando la unidad nacional de Alemania, y de esta manera el nacionalismo alemán fue adquiriendo, de forma paulatina, un talante frustrado, lleno de resentimiento y malicioso. Tras el fracaso de la revolución liberal de 1848, en la que nacionalismo y democracia todavía se fortalecían mutuamente, quedó preparado el terreno para la separación del nacionalismo alemán de la tradición democrática. Tengamos presente que esta separación ocurrió tan sólo en Alemania, ya que para los ingleses y los franceses, el Estado nacional y la democracia serán una misma cosa, y su propio nacionalismo creará las bases para desarrollar su democracia.