diumenge, 1 de març del 2009

EL ÚLTIMO SOBERANO HABSBURGO (2)


Carlos, Zita y el principe heredero Otto

Al nuevo emperador, los comienzos de 1917 le parecieron óptimos para intentar negociar con Francia unas condiciones de paz. En abril de este mismo año intentó desbloquear la conferencia austro-alemana de Kreuznach, estando dispuesto a ceder Galitzia a una futura nación polaca y, por el bien de la paz, Alemania debería restituir a Francia Alsacia y Lorena, pero, como era de preveer, el gobierno germano se negó en rotundo.
Tras este fracaso, Carlos I confió una misión secreta a su cuñado, el príncipe Sixto de Borbón-Parma. Sixto, usando como pretexto el visitar a su madre en Suiza, hizo de correo entre París y Viena. En una de estas cartas, el emperador se comprometía a apoyar "las justas reivindicaciones francesas" en relación a Alsacia y Lorena. Gran Bretaña se mostró favorable a estas negociaciones, pero fracasaron por culpa de la posición de Italia. Tampoco contó con el apoyo del conde Czernin, que acabó enterándose de estas negociaciones, y que era contrario a firmar una paz por separado.
Carlos no se rendirá en su afán de devolver la paz a sus pueblos, e intentará entablar nuevas conversaciones de paz por mediación de Alfonso XIII, rey de España, del Sumo Pontífice Benedicto XV y de la reina Isabel de Bélgica (de ascendencia alemana). Pero todo fue en vano para el emperador, ya que la nueva clase política francesa había cambiado y deseaban aniquilar a Austria y a su imperio, tan sólo los militares franceses deseaban una paz con Austria-Hungría, pero ellos no podrán decidir, sólo deberán defender la república. Además Carlos deseaba la paz , pero no a costa de abandonar a su aliado, el imperio alemán, ya que no lo consideraba ni honroso ni ético; por ello Austria-Hungría deberá compartir la suerte de Alemania de ahora en adelante, para bien o para mal.


Carlos IV de Hungría, paseando por Budapest tras su coronación


A finales del año 1918 la derrota de los imperios centrales era inminente, por ello, y con el objetivo de intentar detener la fuerza centrifuga de las nacionalidades de su imperio, el 17 de octubre el emperador Carlos intentará transformar a la vieja monarquía en una especie de federación de estados nacionales. Pero este último intento fracasará por dos motivos: en primer lugar porque la guerra ya estaba perdida y las nacionalidades abandonarán el barco que se esta hundiendo y en segundo lugar porque esta actuación del monarca aparecerá como un gesto de debilidad del mismo con el único fin de intentar salvar al Imperio de su desintegración.

Sólo dos días antes de el intento desesperado de Carlos para salvar la doble monarquía, el parlamento húngaro había proclamado la independencia total en relación a la parte austriaca, salvo en la persona del monarca, así, pues, sobre el papel, Carlos y Zita continuaban siendo los reyes de Hungría.

Octubre fue un año difícil para Carlos. Los diputados del área alemana de su imperio se manifestaron a favor de una unión con Alemania, tan sólo los socialcristianos se mostraban partidarios de mantener una monarquía constitucional. El 28 de octubre los checos y los eslovacos se unieron para proclamar la república de Checoslovaquia.

En medio de todos estos acontecimientos, Carlos que permanecía en el palacio de Schömbrunn, en las afueras de Viena, debe recibir a los representantes de la parte alemana de su imperio (los socialdemocratas), los cuales le piden, el 12 de noviembre, la abdicación. Al enterarse de esta petición fue cuando la emperatriz Zita pronunció sus famosas palabras sobre la imposibilidad de abdicar ("...un soberano no debe abdicar (...) Abdicar, NUNCA, NUNCA, NUNCA.....). Finalmente Carlos, con el apoyo de Zita, se negó a abdicar a pesar de que, según sus palabras, "me han amenazado con lanzar a las masas obreras sobre Schömbrunn si no renuncio a la corona... pero yo no abdicaré, ni huiré...", aunque si estuvo de acuerdo en firmar una declaración en la cual no abdicaba, sino que tan sólo renunciaba, momentaneamente, a las tareas de gobierno en la parte austriaca de su imperio; es decir, suspendió temporalmente sus prerrogativas regias, y, en palabras del propio emperador "...la suspensión no me priva de ninguno de mis derechos, porque no renuncio a ninguno". Tras estos acontecimientos abandonó Schömbrunn y se instaló a 2o km. de Viena, en Ekcartsau. Finalmente, para evitar el peligro de una guerra civil en sus territorios y un derramamiento de sangre, partió hacía el exilio con destino a Suiza (23 de marzo de 1919), contando con el apoyo del rey de Gran Bretaña (Jorge V) que quería evitar unos sucesos tan dramáticos como los ocurridos con la familia imperial rusa.
En su exilio en Suiza acabará instalándose cerca del Lago Leman, en Prangins. A la tristeza del exilio pronto se unirán los problemas económicos, ya que el gobierno austriaco expropiará los bienes de la corona y lo mismo harán Hungría y Checoslovaquia.
En el año 1920 se proclamará la república de Austria y en Hungría, tras un breve gobierno comunista, se consolidará la monarquía aunque como jefe de estado será elegido el almirante Nicolás Horthy, que se convertirá en el regente del pais, mientras su soberano permanece en el exilio. Durante el año 1921 Carlos, con el apoyo de algunos compatriotas y políticos húngaros, Carlos intentará recuperar el trono, aunque fracasará en ambos intentos. El motivo del fracaso será el contar con poco apoyo y las reticencias del regente a la vuelta de su soberano. Para muchos Horthy será considerado un traidor, aunque no hay que olvidar (junto a las ambiciones políticas del almirante regente) que las potencias aliadas vencedoras de la guerra amenazaron con una invasión de Hungria si Carlos recuperaba el trono.
Tras el segundo intento de recuperar el trono, el gobierno húngaro pidió a Carlos la abdicación, a lo que él se negó, alegando que en su coronación había jurado ante Dios defender la Corona húngara. Finalmente el parlamento húngaro destronó a los Habsburgo.


Carlos y Zita en su exilio de Suiza

Tras su segundo intento de recuperar el trono húngaro, no se permitió a Carlos volver a Suiza. Su nuevo destino sería la isla portuguesa de Madeira. Allí fallecerá, el uno de abril de 1922, de una bronquitis que degenerará en una doble neumonía. Sus últimas palabras serán para Zita: "te quiero mucho".
Las autoridades portuguesas brindarán a Zita la oportunidad de que el ejército luso le preste los honores militares correspondientes a un soberano, y Zita, profundamente agradecido, decidirá no aceptarlos, ya que no sería adecuado recibir muestras de respeto de un ejército extranjero sin que los ejércitos de sus reinos se lo prestaran.

Iglesia de Nuestra Señora del Monte, en Madeira

Sus restos descansan en la Iglesia de Nuestra Señora del Monte (Madeira), aunque su corazón, junto con el de la emperatriz Zita, reposan en la Abadía de Muni (Suiza), en la Capilla de Loreto.
En el año 1949 empezará la campaña para beatificar al monarca, y en 1959 será declarado "Venerable", como primer paso del proceso de beatificación. Finalmente el Papa Juan Pablo II, el 3 de octubre de 2004, lo declarará Beato de la Iglesia Católica Romana y destacará de su figura el saber anteponer su fe en la toma de decisiones políticas y el ser un buscador incansable de la paz, siendo un ejemplo a seguir por todos y, en especial, por aquellos que tienen responsabilidades políticas.

Como punto final podemos citar unas opiniones de destacados escritores:

Herbert Vivian dirá del emperador: "fue un gran líder, un auténtico príncipe de la paz, que quiso salvar al mundo en unos días de guerra, fue un estadista que pretendió salvar a todos sus pueblos, fue un soberano que amaba a sus pueblos, un hombre sin miedo, un alma noble y distinguida, un santo....."

El novelista Anatole France escribirá: "El emperador Carlos fue el único hombre lo suficientemente decente para salir de una guerra en una posición de liderazgo, pero al ser un santo nadie le escuchará. Quería sinceramente la paz y, debido a ello, el mundo entero lo despreció. Así se perdió una gran oportunidad para el mundo...."

El Papa Pío X, tras una audiencia con un joven Carlos, aún archiduque, dijo de él: "...yo bendigo al archiduque Carlos, que en un futuro será emperador de Austria y sabrá como ayudar a sus países y a sus pueblos siempre con honor, pero nadie se dará cuenta de ello hasta después de su muerte...."



El último adiós a Carlos





dimecres, 4 de febrer del 2009

EL ÚLTIMO SOBERANO HABSBURGO (1)

Retrato del emperador y rey Carlos de Habsburgo

En un post de septiembre de 2008 habíamos hablado de la emperatriz Zita, ahora es el momento de hablar de su esposo, el emperador Carlos. En este caso, y dado el momento histórico que le tocó vivir, nos centraremos más en su vida pública y, para no hacer entradas excesivamente largas, lo dividiré en dos, máximo tres, apartados. Espero que os resulte tan interesante como la vida de la emperatriz Zita.
El nombre completo de Carlos I de Austria, IV de Hungría y III de Bohemia era Karl Franz Josef Ludwig Huber Georg Maria Von Habsburg-Lotharingen, fue el último de los soberanos de la doble monarquía austro-húngara, y su reinado fue breve, tan sólo dos años ( de noviembre de 1916 a noviembre de 1918). Es conocido como Beato Carlos de Austria, Emperador y Rey.
Carlos nació en Persenbeug el 17 de agosto de 1887, hijo de Otón, que era popularmente conocido como el "bello archiduque", y de María Josefa de Sajonia, hija del último rey de Sajonia. Su padre (Otón) era el hermano menor de Francisco Fernando, heredero al trono imperial y real. Otón se caracterizó por llevar una vida disoluta y escandalosa y, en cambio, María Josefa era muy piadosa y prudente y se dedicó en cuerpo y alma a la educación de sus hijos.
Carlos estudió en el prestigioso instituto benedictino de Schottengymnasium (Viena), y a los 18 años, como muchos Habsburgo, abrazó la carrera militar. Fue nombrado oficial de caballería y durante esta época siempre mostró un gran interés por todos los proyectos del archiduque Francisco Fernando, aunque supo mantenerse al margen de la vida política.
En el año 1911 se casa con la princesa Zita de Borbón-Parma, hija del último duque de Parma, con la que tuvo seis hijos, siendo Otto el primogénito. En el año 1912 es ascendido a jefe de escuadra y se instala cerca de Schönbrunn, en el palacio de Hetzendorf.
Desde el inicio de la Gran Guerra, en 1914), ya convertido en heredero del trono tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando, y de forma prudente, permaneció al margen de las decisiones del emperador y de su Gobierno, aunque participó activamente en el conflicto, primero como oficial del Estado Mayor en el Cuartel General de Teschen; y en 1916, ascendido a Teniente General del ejército, participó en la ofensiva en el frente italiano a la cabeza del 20º cuerpo, posteriormente fue enviado a Galitzia para levantar la moral de las tropas después de la ofensiva de Broussilou.


Carlos con su madre y su hermano Max.

Tras su subida al Trono (1916), tomó personalmente la dirección de sus ejercitos e instaló el Gran Cuartel General en Baden y una de sus primeras decisiones fue relevar al Mariscal de Campo Conrad que era el Jefe del Estado Mayor (desde 1907) que había dirigido hasta ese momento la guerra, para dejar bien claro que, desde este momento, los militares dejaban de dirigir la política de la doble monarquía. Menos suerte tuvo con el conde Tisza, que era el Primer Ministro de Hungría (Presidente del Consejo Húngaro), el cual logró imponerle un coronación a corto plazo, con lo cual el rey quedó obligado a jurar solemnemente la constitución húngara, lo cual le impidió llevar a cabo cualquier clase de modificación del compromiso austro-húngaro de 1867. El conde le recordó que, según la Pragmática Sanción de 1713, tras la muerte del rey, el nuevo rey de Hungría debía aceptar la corona de San Esteban en los seis meses siguientes. La coronación del rey Carlos IV de Hungría y de la reina Zita fue el último gran fasto de la monarquía, la cual, con este acto, reforzó los lazos de los Habsburgo con Hungría.


Coronación de Carlos como rey de Hungria


Creo interesante explicar, brevemente, como se desarrolló el ritual de la consagración de Carlos como rey de Hungría:

Para tan magno acontecimiento, Budapest se engalanó con arcos de triunfo, tapices y adornos florales, todo ello entre un gran entusiasmo popular. El día elegido para la coronación fue el 30 de diciembre de 1916. Carlos y Zita entran en el Templo de Nuestra Señora al compás del Ecce Sacerdos Magnus. Una vez dentro del Templo, suena el Veni Creator y se inicia el ritual:

-Un Prelado pregunta, en latín, a los obispos y eclesiásticos allí reunidos: -¿Deseáis elevar a este muy insigne caballero, aquí presente, al rango supremo de la realeza?-

-Si, lo deseamos- (contestan al unísono)

-Entonces, el Prelado se vuelve hacía el arzobispo de Kalocsa y le pregunta: -Y vos ¿Creéis que merece recibir esa dignidad?-

-Si, lo creo- responde el arzobispo.

-El Prelado entona un Deo Gratias. Carlos se postra en el suelo y es ungido con los Santos Óleos. A continuación se le muestra una espada, símbolo de poder y dominio.

-ACCIPE GLADIUS (recibe la espada) recita el Prelado. Acto seguido, tres dignatarios, rodeados por los Prelados, le ciñen la espada a la cintura. Carlos, como manda el ritual, la desenvaina y se vuelve hacia la asamblea, blandiendola tres veces. La mantiene el alto y la vuelve a blandir tres veces más. Tras la ceremonia de la espada, le traen el manto real (bordado por Gisela, la esposa de San Esteban).

-Luego el Prelado realiza la siguiente oración: -Ponedle Señor el peso de la soberanía y haced que sea un gobernante fuerte, justo, fiel, sagaz e infatigable.- Se acerca a Carlos portando la Corona y recita la formula ACCIPE CORONAM (recibe la corona). Carlos se arrodilla y es coronado. A continuación pone la corona sobre la espalda de Zita, como símbolo del apoyo que la reina deberá prestar al rey en su misión. Carlos es conducido al trono, donde se le pone el cetro en sus manos: "Recibid el cetro de la Fuerza y de la Verdad, símbolo de la bondad con la que debéis licitar a los buenos y del rigor con el que debéis castigar a los perversos. Debéis guiar a los que viven en el error, levantar a los que desfallecen, confundir a los soberbios y enaltecer a los humildes". El rey toma el cetro en su diestra y con su mano izquierda la manzana de oro de la realeza, adornada con una doble cruz.

Tras el ceremonial, Tizsa grita: ¡ Viva el Rey!, grito que es coreado por los asistentes y por los que aguardan fuera del templo, entre los repiques de las campanas y de los disparos de los cañones. Carlos y Zita están en el trono mientras reciben la reverencia de los allí presentes, en señal de respeto y sumisión. Comienza la Eucaristía y el Rey nombra a los nuevos caballeros según la usanza medieval.

Carlos, más que coronado, fue consagrado rey apostólico de Hungría, y eso pesará mucho en el corazón del soberano, y ninguno de sus pueblos tendrá un lugar tan preciado en Carlos como el húngaro.
Carlos y Zita

El nuevo soberano estaba convencido de que la monarquía dual tenía necesidad de reformas y aún más de concertar la paz, aunque fuera al precio de la ruptura con el imperio de Alemania, ya que él, como buen militar que era, sabía cual era el precio de una guerra larga. En este sentido hemos de fijarnos en sus palabras, antes de ser coronado, que dirigió a todos sus pueblos:
"Quiero hacer lo imposible por desterrar, el el más corto espacio de tiempo, los horrores y los sacrificios de la guerra y devolver a mis pueblos las bendiciones perdidas de la paz tan pronto como lo permitan el honor de las armas, las condiciones vitales de mis estados y de sus fieles aliados y la testarudez de nuestros enemigos... Quiero mantener las libertades constitucionales y los demás derechos y velar con sumo cuidado por la igualdad jurídica para todos. Animado por un amor profundo hacia mis pueblos, quiero consagrar mi vida y todas mis fuerzas a esta sublime tarea"

Pero para llevar a cabo esta tarea a buen término, Carlos dispondrá de un margen de maniobra muy reducido. Podrá apoyarse en Zita (dos hermanos suyos combatian con la Triple Entente, en el ejército belga) y poco más.

Carlos decidió nombrar ministro de Asuntos Exteriores al conde Zernin, miembro destacado de la aristocracia bohemia, que era hostil a la clase política húngara y que ya había servido con el archiduque Francisco Fernando. También quiso hacer una serie de concesiones a los serbios, checos y eslovacos, pero las condiciones precipitadas de su coronación le habían atado las manos en este sentido, al tener que cumplir a rajatabla el compromiso austro-húngaro.

En todo este orden de cosas, el emperador Guillermo II de Alemania desconfiaba de su nuevo aliado, pese a ello, en agosto de 1917, se reanudaron las negociaciones relativas a la unión aduanera entre los imperios centrales con el fin de negociar unas tarifas preferentes para ciertos productos, sin que llegara a una eliminación arancelaria completa ,ya que Austria-Hungría quería proteger a su industria de la competencia alemana. En el orden político ambos imperios tenían profundas diferencias en relación al futuro de Polonia en caso de victoria:

-El Estado Mayor de Alemania pretendía crear un protectorado alemán en la Polonia rusa.

-El imperio Austro-Húngaro quería reunir a todos los polacos de Galitzia y de la Polonia rusa en un protectorado de los Habsburgo, transformando la monarquía dual en una triple monarquía (austro-húngara-polaca).




divendres, 9 de gener del 2009

VIENTOS DE GUERRA

Arriba el canciller prusiano Bismarck

Como hemos visto en el post de la Guerra de los Ducados, la guerra entre el Imperio de Austria y el reino de Prusia era inminente. Bismark, que sabía que sólo una derrota austríaca dejaría vía libre a sus planes de unificación según las teorías de la "Pequeña Alemania", trató por todos los medios de aislar diplomáticamente a Austria. Así, en octubre de 1865 Bismark se reunió con el emperador Napoleón III de Francia, al cual tranquilizó quitando toda importancia al asunto de los ducados; pero el emperador de los franceses era un interlocutor muy fácil de embaucar, ya que era favorable a la unidad alemana según los planes prusianos y, naturalmente, esperaba algunas compensaciones ("propinas" dirá más tarde Bismark sobre lo que esperaba Napoleón III). Por otro lado Gran Bretaña no tenía un ejercito capaz de actuar de forma rápida y eficaz en la Europa continental, y desde la muerte del príncipe Alberto (1861) se interesaba menos por los asuntos europeos. Prusia también tuvo suerte con Rusia, ya que ésta no estaba dispuesta a perdonar a los Habsburgo su actitud en la crisis de Oriente de 1853. Por otro lado, el reino de Italia firmó un tratado de alianza con Prusia, sin ocultar que su intención era declarar la guerra para liberar Venecia, de esta manera Austria tendría que atender a dos frentes a la vez. Francia, finalmente, proclamó oficialmente una neutralidad que no engaño a nadie, aunque eso era, en el fondo, un mal menor para la monarquía de los Habsburgo.
Para poner término a toda esta situación verdaderamente explosiva, Austria, a mediados de abril de 1866, exigió a Prusia el cese de sus movimientos armamentísticos, porque ambas potencias habían comenzado a concentrar tropas desde mediados de marzo. De este modo, la trampa tendida por Bismark al gobierno austríaco se estrechaba cada vez mas.
Ante esta situación ¿como reaccionó el emperador austríaco Francisco José?. Pues la verdad es que lo hizo de una forma sorprendente para un jefe de Estado: lo hizo afrontando los acontecimientos y declarando la guerra contra su voluntad, únicamente para salvar el honor de Austria.
De todas formas el gobierno austríaco se mostró muy pasivo internacionalmente, lo cual permitió a Bismark seguir teniendo la iniciativa en todo este tema, a la vez que mostraba ante la opinión pública internacional que era Austria quien quería la guerra.
¿Estaba preparada Austria para la guerra?. En primer lugar hemos de destacar que las finanzas de la monarquía, lo mismo que siempre, se hallaban en un estado lamentable. El ministro Shmerling había permitido al parlamento llevar a cabo unos recortes alarmantes en el presupuesto militar, por lo que era necesario hallar rápidamente fondos para financiar los preparativos de la guerra. Von Beck fue llamado a consultas y propuso negociar con París un empréstito de 60 millones de florines, lo que venía a ser una operación completamente normal, puesto que las relaciones entre París y Viena eran aparentemente cordiales. Enterado de esta maniobra austríaca, Bismarck aprovechará este hecho para hacer creer que el gabinete de Viena tiene intenciones bélicas, cuando lo cierto es que lo que quería Austria no era más que defender Bohemia y Moravia, las cuales se encontraban prácticamente desarmadas desde hacía 10 años.

Una imagen del emperador de Austria Francisco José I

Mientras tanto el rey Guillermo I de Prusia dio, en mayo, la orden de movilizar la artillería y la caballería para terminar, el 12 de mayo de 1866, con el decreto de movilización general. Fue entonces cuando Napoleón III propuso una conferencia internacional para el desarme general de ambas potencias. Prusia respondió a semejante propuesta denunciando la convención de Gastein e invadiendo el ducado de Holstein el 7 de julio.
Ante semejante actitud de hostilidad, la Confederación Germánica responde el 14 de julio decretando un proceso de actuación federal contra Prusia. Austria no estará sola, puesto que Baviera, Wurtemberg, Baden, Hesse-Kassel, Hesse-Darmstadt y Sajonia votan la actuación y se ponen al lado del imperio austríaco, temerosas del expansionismo prusiano. Sin embargo, el corazón dice otra cosa distinta, porque el sentimiento de falta de preparación es muy grande entre los militares de la Confederación. Irán, pues, al combate sin entusiasmo, pero lucharan por su sentido del deber y por la fidelidad hacía sus soberanos. En Austria no ven a Prusia como el enemigo secular desde que ambas potencias lucharon codo a codo contra la Francia de Bonaparte, aunque una guerra contra Italia si sería popular, porque lo que sienten los austríacos hacía el ejército de Víctor Manuel es un desprecio tan sólo superado por la hostilidad hacía el enemigo italiano.
Así, pues, debido a las continuas injerencias prusianas en el gobierno austríaco de Holstein, la denuncia por parte de Austria de la convención de Gastein y la invasión de Holstein por Prusia serán los detonantes de la guerra austro-prusiana del 16 de junio de 1866.


Retrato de Napoleón III, emperador de Francia

Antes de declarar la guerra, el 11 de junio Francisco José había obtenido la neutralidad francesa en Italia cediendo, a cambio, Venecia, pero no la cedió a Víctor Manuel, lo que hubiera sido humillante para Austria, sino que la cedió a Napoleón III, para que, de este modo, no utilizara el ejército francés más allá de los Alpes junto al joven ejército italiano. De este modo, los austríacos no tendrán más que un solo adversario en el frente italiano (neutralizada Francia); de todas maneras, fueran cuales fuesen los resultados de los combates, los austríacos estaban seguros de perder Venecia. Pero, en la difícil situación en que se encontraba por entonces la monarquía de los Habsburgo, Francisco José juzgaba este sacrificio como inevitable, sin el cual Napoleón III se hubiera pasado al campo de sus enemigos.
De todas maneras, las verdaderas razones de la guerra de 1866 serán la aplicación del principio de las nacionalidades y las ansias de poder de Prusia, que pretende llevar a cabo la unidad alemana en beneficio propio y en el marco de la pequeña Alemania. Por lo demás, Bismarck no oculta su objetivo: eliminar a Austria de la Confederación. Además como Austria ya ha perdido Venecia por el tratado secreto del 11 de junio de 1866, la unidad italiana es ya prácticamente un hecho; sólo queda por resolver la cuestión romana, es decir, la soberanía del Papa sobre Roma, donde se halla protegido por las bayonetas francesas contra los intentos de los patriotas italianos de incorporar el territorio a la joven Italia. De todos modos, para los Habsburgo, Italia se acabó, por más que en junio de 1866 Francisco José ofrezca un millón de francos al rey Borbón de Napolés, Francisco II, para que fomente un levantamiento del reino contra las nuevas autoridades. Continuarán aún ciertas operaciones, pero la suerte está echada en Italia. En Alemania, por el contrario, una guerra corta, deseada y preparada por Prusia, va a imponer en seis semanas (la duración de la guerra austro-prusiana) la peor solución prevista por el ministro austríaco Schwanzenberg y el triunfo aparente del principio de las dos nacionalidades, privando a los Habsburgo de su principal razón de ser: la dirección del cuerpo germánico.

El rey de Prusia Guillermo I, futuro emperador de Alemania

dimarts, 23 de desembre del 2008

MITOS Y LEYENDAS DE UNA GRAN DINASTÍA

Todas las grandes dinastías tienen un pasado que se pierde en el tiempo, un pasado más o menos glorioso, que se fue mitificando a medida que aumentaba el poder de sus soberanos. La dinastía de los Habsburgo no fue ninguna excepción.
En 1273, Rodolfo de Habsburgo fue elegido rey de Germania, él era la cabeza de un importante linaje situado en la Suiza de habla alemana y en la Alta Alsacia, cuyos orígenes llegan a remontarse al Siglo XI. El centro de gravedad de todos sus dominios era el actual cantón suizo de Aargau y, más en concreto, el área de la fortaleza del gavilán, de la cual existen testimonios de su existencia desde el año 1020 (en alemán HABISCHTSBURG, lo que, por contracción, dará lugar a HABSBURG). La cuna de la gran Casa de Austria se sitúa en el antiguo reino de Lotaringia, en pleno corazón de Europa.
Pero los orígenes de la dinastía fueron adornados muy pronto a instancias de los mismos Habsburgo, pesarosos de un origen relativamente modesto y de su condición de advenedizos tras la elección real de 1273.
Al no poder vincular su linaje con el de las primeras dinastías alemanas, como los Salios o los Staufen, pronto se empezó a difundir la leyenda (desde principios del siglo XIV), de que los Habsburgo descendían de una familia de patricios romanos, los Colona, los cuales se vinculaban, a través de los Condes de Tusculum, con la gens Julia y, por consiguiente, a Julio César. Los Habsburgo creyeron en esta leyenda, que ellos mismos ayudaron a crear, hasta apróximadamente 1450, porque con ella apoyaban su pretensión al trono germánico en la época en que se veían excluidos de esa corona porque reinaba la Casa de Luxemburgo
En el siglo XV apareció una nueva teoría, según la cual los Habsburgo serían descendientes de los Pierleoni, condes del Aventino, y, a través de ellos de la gens de los Anicios. Esta nueva leyenda tenía la ventaja de poner de relieve la santidad de la dinastía, ya que el Papa Gregorio Magno (590-604) y san Benito (fundador de los benedictinos), pertenecían a los Anicios. Esta leyenda, muy favorable a los Habsburgo, se da en un momento en que hay un rebrote del poder político del papado (1476)




Por esa misma época apareció una nueva leyenda según la cual la Casa de Austria tenía un origen franco, ya que se la vinculaba con los merovingios, remontandóse más allá de los carolingios. Estos nobles antepasados francos permitían a los Habsburgo encontrar su origen en los troyanos. El principal adepto a esta teoría fue el emperador Maximiliano I, ya que de esta manera se erigía en sucesor legitimo de los reinos merovingios y carolingios de la Galia y la Germania. De esta manera podían justificar su expansión hacia Europa occidental y sus pretensiones sobre la herencia borgoñona.
La teoría anterior fue remitiendo a medida que desaparecían los conflictos entre Francia y los Habsburgo y nacía la rivalidad austro-prusiana en Alemania
Ya en el año 1649 surgió una nueva teoría, según la cual los Habsburgo descendían de los duques de Alsacia, una Casa fundada por Eticón, que reinaron en Suabia y Alsacia (en la Alta Edad Media). Así, pues, esta Casa de Alsacia, sería la cuna de los Habsburgo y de los duques de Lorena. Vemos, a simple vista, lo ventajosa que era esta teoría en un momento en que la archiduquesa María Teresa (la futura emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico, de la que ya hemos hablado anteriormente) contraía matrimonio con el duque de Lorena Francisco III (futuro emperador). De esta manera la nueva dinastía Habsburgo-Lorena venía a ser la restitución de la "Casa de Alsacia", fundada por Eticón.
Ya en el siglo XIX, historiografos de renombre condenaron todas estas hermosas e ilustres teorías sobre el origen de los Hasburgo, aunque nadie haya podido demostrar de manera fehaciente que los orígenes carolingios de la Casa de Austria sean completamente falsos.



NOTA: Arriba, mapa del Imperio Carolingio. En el centro, mapas de la desintegración de dicho Imperio. Abajo, corona del Sacro Imperio.

dimecres, 26 de novembre del 2008

LA GUERRA DE LOS DUCADOS



En el año 1863, Dinamarca se anexó Schleswig y Holstein, ducados que eran miembros de la Confederación Germánica; ambos ducados mantenían una unión personal con la corona danesa, ya que los duques de Holstein eran reyes de Dinamarca desde el siglo XV. Ya había existido un primer conflicto entre Dinamarca y estos territorios, el cual se había solucionado mediante un arbitraje internacional en el año 1859, pero la desafortunada iniciativa del rey danés Cristián IX de anexarse los ducados iba a provocar una reacción de la Confederación de inesperadas consecuencias.

Para situarnos un poco en el inicio de este conflicto, hay que decir que debido a un antiguo juramento, Schleswig y Holstein no debían separarse jamás ("up ewig ungedeelt" "por siempre indivisibles"). Ambos ducados estaban gobernados por el rey de Dinamarca, pero sólo en uno de ellos era válida la sucesión femenino, en el otro no. Para evitar las complicaciones que la sucesión femenina pudiera traer a Dinamarca, el rey Federico VII (que no tenía descendencia masculina), optó simplemente por incorporar los ducados "indivisibles" al reino danés. Esto provocó el levantamiento de Schleswig-Holstein en 1848 y una ola de nacionalismo en Alemania. Posteriormente, el llamado Protocolo de Londres determinó que la casa Sonderbur-Glücksburg tenía derecho al trono y que los ducados no podían ser incorporados al Estado danés. Fue dicho Protocolo el que dispuso que Schleswig quedara unido a Holstein. Pero cuando Cristián IX de Dinamarca subió al trono, ignoró este acuerdo y se anexó ambos ducados en 1863.
Cristián IX no era descendiente directo de Federico VII (era hijo del duque Guillermo de Scheswig-Holteins-Sonderbur-Glüksburg), pero se había casado con la princesa alemana Luisa de Hesse-Kassel, la cual era sobrina del rey danés Cristián VIII, y a este rey le sucedió Federico VII. Al no tener Federico VII hijos varones, se vio obligado a reformar la Ley Sálica, con lo cual, a su muerte, y gracias al matrimonio con la princesa Luisa, Cristián fue coronado como rey de Dinamarca con el nombre de Cristián IX.
Siendo ya rey Cristián IX, hubo una disputa en cuanto a la herencia de los ducados, ya que él los reclamaba como herencia por parte de una línea de sucesión materna, mientras que el duque de Augustenborg, un descendiente menor de otra línea familiar, también exigía ambos ducados. Fue entonces cuando los ducados, encabezados por el duque de Augustenborg, llevaron el asunto ante la Confederación Germánica, la cual protestó ante el intento del monarca danés de anexarse los territorios ya que incumplía con los acuerdos del Protocolo de Londres.

En el año 1864, y en este orden de cosas, Austria, sin gran entusiasmo, decidió actuar junto a Prusia para expulsar a los daneses y de paso al duque de Augustenburg, instalado en Kiel mediante las tropas de la Confederación, que, en su mayoría, estaban constituidas por tropas de Sajonia y Hannover. Las tropas imperiales austríacas y las prusianas ocuparon rápidamente los ducados, aniquilando a las tropas danesas, que poca cosa pudieron hacer más que enfrentarse a las tropas confederadas en un último combate. Las potencias garantes de la Convención de 1852 no intervinieron en este conflicto, debido, básicamente, a que Gran Bretaña no disponía de un cuerpo expedicionario capaz de actuar de una manera rápida muy eficaz.
Los vencedores de este conflicto, Austria y Prusia no entregaron los ducados al duque de Augusgtenborg, sino que se repartieron los despojos mediante la Convención de Gastein, que fue negociada por el canciller prusiano el príncipe Bismark y el conde danés Blome. A consecuencia de dichos pactos, Prusia se anexionaba Sajonia-Lavenburg, Kiel y pasaba a administrar Schleswig, con lo cual se aseguraba un acceso directo al mar del Norte, mientras que Austria se encargaría de administrar Holstein, un territorio con el que no tenía nada que hacer ni nada que ganar y que tan sólo podría proporcionarle quebraderos de cabeza. Con esta guerra y el acuerdo final, el Ministro de Asuntos Exteriores del Imperio de Austria había caído de lleno en la trampa diabólica que le había tendido el astuto Bismark.
A consecuencia de estos acontecimientos, Austria se había desatendido de la Confederación Germánica y ahora se encontraba frente a frente con el, cada vez más poderoso, reino de Prusia. Austria había abrigado, aunque sólo fuera por un instante, la esperanza de cambiar el ducado de Holstein por Silesia, pérdida en tiempos de María Teresa y que había sido un territorio histórico de Austria; como era de esperar, Bismarck se burlo de esa vieja ilusión de la débil diplomacia austríaca. En adelante, Austria se vería arrastrada a lo inevitable: o acceder a la igualdad con Prusia en el seno de la Confederación Germánica, o declarar la guerra.
Tras la guerra de los ducados las demás potencias empezaron a adivinar las intenciones prusianas e incluso, lord Clarendon, secretario del Foreign Office, en el año 1864, confeso a Beust, que era el Primer Ministro de Sajonia en ese momento, que "Bismarck es un aventurero que no teme ni rey ni roque, y Rechberg es su esclavo"; lord Clarendon volvió a manifestar esta opinión, aunque de un modo más diplomático, al embajador de Austria, al que le comentó que lamentaba "ver a una potencia como Austria abdicar de su papel de gran potencia y de su independencia para convertirse en el juguete y en el instrumento de los planes ambiciosos de su rival".
El emperador Francisco José I de Austria permaneció fiel, a pesar de todo, a la estrategia defendida por Rechberg. A comienzos del año 1866, el emperador no ocultaba su optimismo respecto de las relaciones con Berlín, en el mismo instante en que Bismarck desvelaba su plan de reorganización de la Confederación, de la que Austria quedaría, llana y simplemente, excluida, al defender la idea de un parlamento elegido por sufragio universal. Pero la mecha que prendió la llama en todo este polvorín fue una querella sobre la administración de los ducados que fue llevada delante de la Confederación, ya que ello brindo la oportunidad y la coartada a Bismarck para que Prusia hiciera llegar una nota conminatoria a Rechberg el 26 de enero de 1866.




















Arriba podemos ver un mapa de Dinamarca y, al sur , los ducados de Scheswig y Holstein.
Abajo del artículo, podemos ver la obra "Capricho imperial", de Mila F., de su colección de Bodegones.

dissabte, 1 de novembre del 2008

MARÍA TERESA DE AUSTRIA


A nuestra izquierda podemos ver un retrato de una joven María Teresa, nacida en Viena en el año 1717 y fallecida en la misma ciudad en 1780. Fue Archiduquesa de Austria (desde 1740), Reina de Hungría (desde 1741) y de Bohemia (desde 1743). Fue la hija primogénita del emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico Carlos VI y con el tiempo también ella ostentaría este título.
De acuerdo con la Pragmática Sanción de 1713, fue nombrada heredera (1724) de los territorios bajo el dominio de los Habsburgo. La Pragmática Sanción declaraba indivisibles los territorios de la Casa de Austria, pero a la muerte de su padre, el emperador Carlos VI, las distintas potencias europeas intentarán destruir esa unión de territorios en beneficio propio. De esta forma estalló la llamada "Guerra de Sucesión de Austria" (1741-1748). Dicha guerra estuvo a punto de echar a pique la monarquía, ya que el padre de María Teresa no le proporcionó los medios necesarios para defender su extraordinario legado. El primer triunfo que se le puede adjudicar a la joven María Teresa es el haberse enfrentado a la adversidad, salvando una monarquía austríaca que muy bien pudiera haber quedado dividida.

A nuestra derecha, una María Teresa con los distintivos imperiales.

En relación a la Pragmática Sanción, el emperador Carlos VI intentó que la misma fuera garantizada por las diversas potencias europeas, así fueron garantes de la misma: España (1725), Rusia (1726), Prusia (1728), y luego se fueron sumando Gran Bretaña, Francia y Piamonte-Cerdeña. Pero, en resumen, ¿de qué sirven los acuerdos internacionales si no se tienen los medios para hacer que sean respetados?. Y esto es lo que le ocurrió a María Teresa
tras la muerte de su padre. De esta manera varios de los príncipes y soberanos alemanes vieron una oportunidad para alzar su voz contra los Habsburgo y unidos con las otras potencias ver una magnifica oportunidad para arrebatar la corona imperial a la Casa de Austria y además reducir a Austria y a sus territorios en una potencia de segundo orden.
Gran Bretaña ayudaría a salvar la monarquía de Austria al trazar una alianza antifrancesa y convertir la guerra de sucesión en una guerra a nivel europeo. Así las cosas, se aliaron a Austria Gran Bretaña, Hannover, Cerdeña y Holanda; Francia y España formaban un frente contra María Teresa; el Electorado de Sajonia en un principio rival de Austria, se inclinó finalmente a favor de ésta; Prusia respetó la posición de María Teresa tras que esta la hubiese garantizado la posesión de la rica región de Silesia, antes en manos de los Habsburgo.
Tras cinco años de guerra, María Teresa logró retener el grueso de sus estados, aunque la perdida de Silesia (excepto la comarca de Teschen) fue un duro golpe a las arcas de los Habsburgo, al tratarse de una de las regiones más ricas de la monarquía.




Arriba podemos ver el escudo de armas de María Teresa, cuyo lema era "JUSTITIA ET CLEMENTIA" (por la justicia y la clemencia), que define muy bien el estilo de vida de la soberana. A la derecha podemos observar una moneda de María Teresa con la siguiente inscripción: M(aria) THERESIA D(ie) G(ratia) R(omanorum) IMP(eratrix) HU(ngariae) BO(hemiae) REG(ina), es decir: María Teresa, por la gracia de Dios, emperatriz de los romanos, reina de Hungria y de Bohemia.

Con el tratado de Aquisgrán se puso fin a la guerra, y como ya hemos apuntado antes se tuvieron que ceder algunos territorios: la casi totalidad de Silesia a Prusia, algunas zonas del Milanesado a Saboya y cedió Parma, Plasencia y guastalla al infante español Felipe.
Tras la guerra María Teresa tuvo una clara visión de la mayor o menor lealtad de sus territorios. Hungría fue el más firme apoyo que encontró la soberana, los cuales mantuvieron una actitud responsable durante toda la guerra. Los territorios checos, al contrario, tuvieron una actitud tan pasiva hacia su soberana que rozaba la complicidad con las otras potencias, y que, finalmente se sometieron a la ley del más fuerte.
Pero ningún favor es gratis, así que la nobleza húngara le pidió a María Teresa que reconociera sus privilegios y siguiera garantizando sus propia autonomía dentro de la monarquía austríaca (1741, coronación de María Teresa como reina de Hungria)
En relación a Bohemia, se puede decir que traicionó a los Habsburgo ya fuera por amor nacional o más probablemente por un interés fiscal, tratando de buscar (con la derrota de los Habsburgo), a un nuevo soberano nacional con intereses más modestos que los de la dinastía reinante y que convirtiera a Praga en el centro de gravedad del país y que pudiera mantener a la nación lejos de los grandes conflictos de las superpotencias europeas. Los bohemios veían una imagen de su propio país como una nación relegada a un eterno segundo plano en beneficio de los intereses de Viena. Pero finalmente tuvieron que aceptar que María Teresa fuera la reina de Bohemia (1742).

Tras una explicación de los que supuso la Pragmática Sanción y las consecuencias de la misma, seguiremos con los acontecimientos más importantes en la vida de María Teresa.

María Teresa se casó con Francisco Esteban, duque de Lorena, en 1736. En plena guerra de Sucesión de Austria, Carlos Alberto, elector de Baviera, fue coronado emperador del Sacro Imperio en Frankfurt en el año 1742, adoptando el nombre de Carlos VII. Tras la muerte del mismo, María Teresa logró la corona del Imperio para su esposo, el cual fue coronado emperador con el nombre de Francisco I en 1745. En contra de las ideas procedentes de las orillas del Sena, María Teresa fue emperatriz en calidad de esposa de Francisco Esteban de Lorena que ocupó el cargo de 1745 hasta 1765 en que murió. María Teresa era archiduquesa de Austria por nacimiento, y luego sería reina de Hungría y, a pesar de las protestas del elector de Baviera, reina de Bohemia. Nunca fue "emperatriz de Austria" porque, sencillamente, no existia un "imperio de Austria" propiamente dicho.

Abajo retrato de María Teresa y su familia.


Los deseos de la soberana por recuperar Silesia la llevaron a la Guerra de los Siete Años (1756-1763), en la que lucho, esta vez, junto a Francia. Con la paz de Hubertsburg (febrero de 1763) se puso fin a la guerra y tuvo que reconocer el dominio prusiano de Silesia. De todas formas, tras la guerra logro garantizar la sucesión en el trono imperial del Sacro Imperio en su hijo (el futuro José II).
Posteriormente sus estados se vieron aumentados con Galitzia tras el primer reparto de Polonia (1772) y con Bucovina (1775) gracias a su intervención, junto a Rusia, en la guerra contra el imperio Otomano, y también logró el territorio de Innviertel tras la guerra de Sucesión de Baviera (178-1779), tras renunciar a luchar por la sucesión de dicho estado.

María Teresa fue la viva imagen del llamado Despotismo Ilustrado, a ella se debe la modernización del ejercito y el sometimiento de los poderes locales al Gobierno Central. También impulsó las ciencias y las artes y limitó la influencia de la Iglesia Católica, aunque ella siempre fue una devota ferviente en la fe católica y por ello se mostró intolerante con judíos y protestantes, y en 1741 expulsó a los primeros de Praga.
Unificó las Cancillerías de Austria y de Bohemia y creó un Tribunal Supremo. Prohibió la quema de brujas y la tortura y eliminó la pena capital por los trabajos forzados. En 1774 introdujo la enseñanza obligatoria con el objetivo de crear una clase educada que pudiera prestar sus servicios a la maquinaria del Estado. También se debe a ella la creación de una "policía moral" que debía velar por la decencia en todos los territorios de los Habsburgo, lo que conllevó al arresto de muchas de las prostitutas de Viena que fueron enviadas a los territorios orientales. En su afán centralizador creó el "Consejo de Estado" de 1760 y promulgó el Código Penal de 1768-

Aunque María Teresa fue técnicamente una emperatriz consorte del Sacro Imperio, ella fue la que ejerció el poder de forma efectiva, ya que su esposo Francisco Esteban se desatendió de dichas tareas para dedicarse a las finanzas, de una manera muy efectiva, creando un enorme patrimonio para la dinastía. A la muerte de su marido, María Teresa debió compartir el poder con su hijo José II, ya que él heredó el titulo de emperador, aunque ella conservó los títulos de los territorios que fueron herencia de su padre, hasta su muerte.

Podemos concluir diciendo que María Teresa fue la última monarca auténticamente Habsburgo, ya que sus descendientes ya pertenecerían a la Casa Habsburgo-Lorena, y sin duda alguna fue una de las personalidades más fascinantes de todo su linaje.



divendres, 10 d’octubre del 2008

AUSTRIA TRAS LA CAIDA DE NAPOLEÓN


Al caer Napoleón, emperador de Francia, la posición de Austria como una gran potencia europea era muy sólida. Basta recordar que pasaron a su soberanía el Tirol (que había estado en manos Bávaras gracias a Napoleón), las Províncias Ilíricas, Venecia y Lombardía. Por este motivo, el imperio austriaco paso a ser el peor enemigo del movimiento de unificación de Italia. Los Habsburgo habían ceñido, casi sin interrupción (el período de 1742 a 1745), la corona del Sacro Imperio Romano-Germánico desde 1440 a 1806, aunque el poder efectivo estuviera en manos del soberano de cada estado. En 1804 Francisco se proclamó emperador de Austria y en 1806 dejó de existir el Sacro Imperio (ya que lo abolió Napoleón). El Congreso de Viena no lo restauró, aunque creó la Confederación Germánica (1815-1866), a la que pertenecía Austria; tenía su sede en Frankfurt y lo presidia un representante austríaco. Para Metternich, esta Confederación uniría a Austria y Prusia en su lucha contra los movimientos liberales y radicales. Políticamente este sistema funcionó hasta 1848, aunque económicamente estuvo condenada al fracaso debido al Zollverein creado por Prusia, excluyendo a Austria.
Como ya hemos comentado en anteriores entradas del blog, la estructura del Imperio austríaco experimento pocos cambios en el siglo XIX: en las províncias occidentales existía un régimen absolutista y centralista. En los territorios de la Hungría histórica, las dietas, los comitatos y la nobleza conservaban gran autonomía. Había además diferencias entre los distintos países de la zona húngara: Croacia tenía sus instituciones propias; Transilvania representaba una unidad aparte; los Confines Militares al sur de Hungría tenían una organización castrense subordinada al consejo áulico de guerra con sede en Viena; los ortodoxos (serbios y rumanos) gozaban de autonomía religiosa. En el terreno económico, la Revolución Industrial despegó tras las guerras napoleónicas, y Austria ya contaba con una red ferroviaria antes de 1848, pero no hubo vida política hasta pasadas las revoluciones de el año citado. Pero, como era habitual en un imperio tan multicultural, lo más característico de Austria fueron los problemas nacionales.
Durante las tres décadas anteriores a 1789 se produjeron en diversos pueblos de la monarquía, ciertos movimientos culturales deseosos de hacer de la lengua materna del pueblo un idioma literario y científico, de estudiar la lengua, la historia y la etnografía del pueblo, y de crear una literatura en su propia lengua. Esos movimientos no tenían un carácter político, sino cultural, y el estado austríaco los toleraba porque no les atribuía demasiada importancia. En Hungría se restableció el latín, pero el magiar empezó a introducirse en la administración y en la enseñanza. Pero desde 1790 este objetivo no afectó solamente al territorio étnico magiar, sino a toda la Hungría histórica: los pueblos no magiares tendrían que "magiarizarse"; sólo había una nación húngara de lengua magiar, y los demás pueblos eran sólo nacionalidades que carecían de tradición estatal. La política de magiarización cosechó sus mejores éxitos entre la nobleza y las ciudades. Algunas zonas no magiares opusieron una enérgica resistencia, sobre todo Croacia. En las províncias occidentales (las zonas bajo influencia de Austria), se toleraron las nacionalidades en tanto sólo manifestaran movimientos culturales. De este modo se obtuvieron (en esta zona) unos resultados muy importantes: se resolvió el problema de las lenguas literarias eslavas (ruso, ucraniano, checo, eslovaco, esloveno y serbocroata) y de las ciencias nacionales eslavas (filología, historia, etnografía), que se deben en gran medida a los esfuerzos de los eruditos eslavos de Austria. Pero como todo no es nunca lo que aparenta ser, detrás de esa actividad cultural se ocultaban tendencias política.
Francisco I y, sobre todo su canciller, Metternich sabían muy bien que la monarquía abarcaba diversos pueblos y consideraban que una monarquía constitucional conduciría a la desintegración. El único nexo de unión para todos esos pueblos era la persona del monarca, la lealtad hacia el soberano, un legitimismo apoyado por la nobleza, la burocracia, la Iglesia y el ejército. Al luchar por el legitimismo en Europa, Austria defendía al mismo tiempo el principio de su propia existencia.






Antes de la Primera Guerra Mundial, Austria-Hungría era una potencia económica y cultural, ocupando el sexto lugar mundial. Su extensión territorial era de 676.616 km2 aprox. (el segundo en extensión territorial en Europa) y su población llegaba a los 52.500.000 de habitantes (el tercero más poblado de Europa), que se distribuía de la siguiente manera:

-Unos 12.000.000 de alemanes.
-Unos 10.000.000 de húngaros
-Unos 9.000.000 de checos y eslovacos.
-Aproximadamente 5.000.000 de polacos y otros tantos de serbios y croatas
-Cerca de 4.000.000 de rutenos
-Más de 1.000.000 de italianos

Las religiones en el imperio también eran diversas al tratarse de un imperio multinacional:

-34.000.000 de católicos romanos
-4.500.000 de ortodoxos y otros tantos de protestantes.
-2.500.000 de judíos
-700.000 musulmanes

La coexistencia pacífica entre todos ellos era garantizada por el Imperio, pero toda esta situación cambiaría tras la Gran Guerra.